sábado, 12 de noviembre de 2011

La Revolución Ecológica (Parte III: La desnaturalización de la razón)


El error que lleva a deducir la condición antropológica como externa al "orden natural" se deduce de la observación correcta de que, en efecto, parece que con el Homo sapiens la naturaleza se dio un elemento que hasta antes de nuestra llegada no tenía: la autorreflexión, o lo que es parecido: la capacidad de pensarse a sí misma. Esta capacidad portada por la especie humana, la de elaborar teorías; maravilló tanto a sus portadores, que los llevó en algún momento a imaginar que existía indepen­diente de su condición natural. Este fue el momento en que durante los tiempos modernos algunos iluminados llevaron su capacidad de razonar hasta el punto en que fue posible razonar sobre la razón.

     Para realizar esa complicada operación, fue necesario separar artificialmente lo racional de lo que supuestamente no lo era, paso que a su vez llevó a un momento paradójicamente muy irracional: a cosificar la razón. Este fue el momento del racionalismo. Bacon, Newton, Descartes, y tantos otros, fueron cirujanos que creyeron extirpar a la razón de la naturaleza, y por lo mismo, de nuestros cuerpos. Disociada artificialmente la razón de las cosas, no tardaría en convertirse, artificialmente, en un antagonismo frente a lo natural. La desnaturalización de la razón, llevaría a la desracionalización de la naturaleza.

     La razón cosificada, o lo que es parecido: desnaturalizada, llevó inevitablemente a su sobre-naturalización, que es lo mismo que decir, a su endiosamiento. Por esas razones se ha insistido acerca do la necesidad de realizar un proceso de segunda secularización, que a diferencia de la primera que fundó una cientificidad con base en la religión de la razón (resultado de su desnaturalización), y paradójicamente en contra de la religión,  desacralice a la propia razón, desmontando el supuesto antagonismo que se da entre lo racional y lo natural (Mires, 1990,199J y 1994). Eso pasa a su vez por un cuestionamiento radical de los principios constitutivos de la cientificidad moderna, basados en determinaciones indeterminables organizadas en supuestas leyes objetivas, que no son sino la proyección de una conciencia no plenamente secular.

     Basta simplemente observar como el racionalismo ha juzgado lo supuestamen­te no-racional para darse cuenta de cuán necesario es comprometerse en un proceso de segunda secularización. En nombre de la racionalidad basada en el progreso, la civilización o el desarrollo, ha sido destruida la naturaleza hasta haber llegado a la situación que hoy estamos viviendo; la de los límites objetivos de sobrevivencia de la humanidad.

     Todo lo que de acuerdo con relaciones de poder pasaba a determinarse como no racional, o natural, ha podido ser explotado, saqueado o destruido. Ya la esclavitud griega estaba racionalizada sobre la base de supuestos derechos natura­les. Las mujeres, durante milenios, fueron homologadas con la naturaleza no racional, principio sobre el cual se fundó la civilización patriarcal hasta nuestros días. El racionalismo moderno, a su vez, no hizo más que interiorizar normas culturales que ya estaban dudas, creyendo subvertirlas, Lo que para el espíritu medieval era "pecaminoso", pasó a ser en el espíritu moderno "irracional". A través de la naturalización de nuestra exterioridad, y en nombre de una razón sobrenatural, obteníamos la absolución para destruir nuestra propia realidad. El "reino vegetal" ' y el "reino animal" estaban fuera de "nuestro reino”. "Nuestro reino" convertido en imperio, ocupó y destruyó los otros reinos. Hoy quedan de esos reinos derrotados sólo algunas ruinas que testimonian pálidamente la grandeza que alguna vez alcanzaron. Los más expresivos sobrevivientes, aquellos que hemos considerado necesarios para nuestra alimentación, “los animales, agolpados en campos de concentración, sin saber lo que es la luz del día, industrializados, o convertidos en "seres domésticos" (sobre quienes se proyectan sentimientos que ya es "irracional" expresar entre nosotros), nos contemplan, como escribió una vez Doris Lessing, con sus ojos húmedos, como preguntándonos por qué les hemos hecho tanto mal. De acuerdo con la ideología racionalista, el hecho de que no tuvieran una razón parecida a la nuestra ha sido motivo suficiente para asesinarlos. Por cierto, al igual que muchos seres humanos, los llamados animales no resuelven problemas algebraicos, pero es difícil negar que carecen de sentimientos, que saben jugar, amar, construir nidos con una precisión que puede envidiar cualquier ingeniero, y viajar miles de kilómetros sin perder nunca la orientación. Eso es instinto, afirma­mos, sospechando que tal no es más que una palabra inventada para designar todas las formas de inteligencia que suponemos puramente naturales (ya que se da por sentado que nuestra razón es sobre-natural). Por lo menos, los llamados despecti­vamente "pueblos primitivos" entendían inteligentemente la ejecución de un animal como un acto de sacrificio o de inmolación. Hoy devoramos a nuestros hermanos de la creación sin hacernos el más mínimo reproche. La desracionalización de lo natural lo justifica todo.

     A fin de destruir lo natural, declaramos igualmente la guerra a la naturaleza no racionalista que habitaba dentro de nosotros. Lo instintivo o lo animal fue conver­tido por la religión en pecado, Por el racionalismo fue convertido en "inferior". La antropología y la etnología moderna calificaron a muchos pueblos como "naturales”, poniéndose al servicio de un colonialismo mental primero, militar después. De la misma manera, reprimimos en nuestras almas los sentimientos "inferiores" o "animales". Impotencia, frigidez, perversiones, son sólo testimonios mínimos de la declaración de guerra hecha por la razón a la naturaleza. Esa guerra, en tanto la razón no es sobre ni no-natural, ha terminado siendo una guerra en contra de la razón misma. Las clínicas psiquiátricas están pobladas de víctimas de esa guerra. Las calles de nuestras ciudades también. Tiene razón Al Gore. La civilización misma se ha vuelto disfuncional, lo que es parecido a decir, enferma.

     Que la razón sea uno de los instrumentos autorreflexivos que se ha dado la naturaleza, y del cual la especie humana es portadora, es una buena noticia, pues si la razón conduce al exterminio de la naturaleza, querría decir que la naturaleza es suicida, algo difícil de creer. Luego, existen motivos para pensar que esa misma razón, en tanto que es natural, se encuentra en condiciones de salvar a la naturaleza y con ello, a su especie portadora: nosotros. Pues autorreflexión quiere decir pensarse a sí mismo. Si la razón es autorreflexiva, significa que se encuentra en condición de aprender de errores. Esta es a fin de cuentas una de las mejores propiedades de la inteligencia humana; la de cometer errores, ya que si no los cometiera, no podría superarse a sí misma, y por tanto, no habría reflexión, luego, ninguna racionalidad. Sólo quien comete errores puede pensar racionalmente.

     La entrada de la ecología en el pensamiento político ofrece sin dudas la posibilidad de enmendar el error que nos hizo suponer que la razón vivía fuera de lo natural. Corregido este error, la recuperación de la naturaleza pasa necesariamen­te por la recuperación de la razón en contra de un racionalismo que en su esencia era la negación de toda racionalidad. Sólo la razón salvará a la razón.


Por Fernando Mires. Extraído de la Revolución Que Nadie Soñó, o la otra posmodernidad.

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