martes, 8 de noviembre de 2011

La globalización del ecologismo. Del ecocentrismo a la justicia ambiental (Parte II: La práctica en la Teoría del Ecologismo)


Las cosmovisiones, las doctrinas comprehensivas o las ideologías políticas se dan siempre encarnadas en sujetos concretos que son los que las van constituyendo. Es decir, están siempre en relación no sólo a la coherencia interna del conjunto de valores, principios e imágenes a los que se apela sino también a la práctica concreta en que esas ideas van siendo puestas en juego. A pesar de que cualquier análisis social parte de este tipo de premisas, esta idea ha sido a menudo olvidada en buena parte de las discusiones sobre la seriedad o no del ecologismo como ideología política, como ocurre en muchas otras discusiones en filosofía moral y política. No son pocas las ocasiones en que se cae en un exceso de constructivismo y la definición de un conjunto de ideas muy consistentes analíticamente se hace a costa de perder la dimensión dinámica, plural y cambiante de al menos parte de las ideas y los actores.


La forma concreta de esos cambios está en relación directa al tipo de sujeto al que nos refiramos y a la relación que se establece entre éste y el contexto en que su ideario es puesto en juego. La relación más o menos reflexiva y más o menos dinámica que pueda darse entre el sujeto y sus propias ideas tiene que ver con su práctica (y para el teórico, eso implica apoyarse en las ciencias sociales y en la filosofía social y política), por mucho que esta a veces desborde esquemas conceptuales especialmente atractivos por su coherencia y simplicidad. El sujeto de la ideología del ecologismo corre siempre el peligro de ser disuelto en el seno de identidades políticas extensas y difusas, del tipo de un movimiento más amplio moderado (ambientalista), y que bien puede identificarse con esa middleclass de orientación posteconomicista a la que Martínez Alier descarta como sujeto de transformación.

Sin embargo, puede identificarse un movimiento social ecologista que propugna cambios sociales y políticos radicales, por mucho que exista esa otra conciencia proteccionista más epitelial. Ese es identificable con relación a una identidad colectiva que construye, comparte y se rehace a partir de la praxis transformadora y performativa. En este caso se trata de una acción llevada a cabo más que nada fuera de las instituciones políticas liberales, sobre todo en forma de protesta; y en la existencia de una red de interacción entre los miembros que no es reductible a una organización formal, desde la cual se intenta desafiar a las formas dominantes de poder y definir nuevos derechos.

La fenomenología del ecologismo como actor social aporta información sustancial para repensar la forma de su ideología. Es un movimiento, o mejor dicho, un conjunto de movimientos segmentado, policefálico y reticular, formado por tipos distintos de colectivos e individuos en los que los actores concretos pueden y de hecho actúan simultáneamente sin que ninguno de ellos ejerza de líder o vanguardia revolucionaria. Según el esquema reciente de Doherty, podemos hablar de: 1) grupos de protesta contracultural y de acción directa, no violentos y enormemente creativos en su repertorio de acciones; 2) ONG’s con distinto grado de radicalidad; 3) movimientos de base de tema único, del tipo de una movilización vecinal contra un proyecto concreto; y finalmente, 4) los partidos verdes. Creo que pueden añadirse: 5) las plataformas —que estructuran a menudo la acción social de tipos de actores diversos como los anteriores. El primer problema que plantea este abanico es el de su gran heterogeneidad, ya que algún elemento en común deberá existir que nos lleve a hablar de una identidad compartida. Más aún cuando las ONG’s, pero más incluso los partidos se ven enfrentados siempre a las tensiones implícitas en la aceptación de la participación en contextos desradicalizados y el peligro de ser cooptados o de haber de asumir renuncias ideológicas fundamentales. La cuestión aquí de fondo es si hay una única ideología ecologista y si es excluyente, como sostiene Martínez Alier al pensar en el ecologismo de los pobres.

Históricamente el surgimiento del ecologismo ha venido siendo vinculado a, de un lado, la aparición del pensamiento crítico y del ethos antiautoritario asociado a la Nueva Izquierda y la contracultura de los años 60 y 70, de otro, al carácter político de la educación universitaria y las profesiones liberales ligadas al Estado de bienestar y los sectores desmercantilizados. Incluso buena parte de los intelectuales provenientes de entornos pobres o periféricos comparten en algún grado ese milieu alternativo. Ahora bien, como producto de la acción colectiva que evoluciona en respuesta a la acción, el abono práctico del ecologista tiene también que ver con las experiencias de la crisis ecológica y del proceso de aprendizaje de organización y activismo en respuesta a la misma. De acuerdo con Doherty, se trata de una combinación de tradiciones existentes y de creatividad reflexiva de la propia acción a través del aprendizaje colectivo. Así, la idea de reflexividad denota que la acción está ideológicamente estructurada, pero que se transforma con relación a la praxis.

Durante los últimos años se ha hecho evidente el carácter esencialmente reflexivo y autocrítico del ecologismo, como también su enorme creatividad a la hora de identificar y resistir frente a las relaciones de poder denunciadas e incluso a proponer agendas alternativas. Las razones de la reflexividad exigirían un análisis aparte pero probablemente tienen que ver con el hecho de que 1) opera en gran medida en los márgenes del sistema, exponiendo sus límites y desafiando el poder, alimentándose continuamente de prácticas y experimentos contra la colonización de los espacios autónomos de reproducción simbólica; 2) con un alto grado de democracia interna en casi todas las dimensiones del movimiento (excepción hecha del déficit en democracia directa de las grandes ONGs como Greenpeace y en los partidos); y 3) finalmente, con el reto a que ha tenido que hacer frente el ecologismo durante los años noventa en su oposición a la globalización neoliberal. Me refiero a la necesidad que ello ha supuesto de elaborar discursos y agendas susceptibles de ser interpelados en la arena de la opinión pública global, llevando a la convergencia en programas y perfiles ideológicos de compromiso en que pudieran converger los distintos ecologismos, incluido en de los pobres. La generación política que se identifica con el ethos del ecologismo en este caso es la que participa en la movilización civil opuesta al neoliberalismo global especialmente desde el inicio simbólico en la agitación zapatista a mitad de década de los noventa. Esta propuesta de análisis obliga a repensar muchas de las cuestiones planteadas antes.

Respecto a la cuestión de la normatividad, los cambios propugnados por el ecologista apuntan a un tiempo a un “nuevo tipo de sociedad, basada en una nueva relación con el mundo natural, una democracia más radical y mucha más igualdad social”. Así, son tres, y no uno sólo, los valores fundantes: democracia radical, igualitarismo, sostenibilidad.

Analíticamente, el hecho de poner a un mismo nivel conceptual tres valores distintos genera problemas, toda vez que, como ya hemos señalado, pueden entrar en contradicción. Sin embargo, ni este es un problema nuevo ni cabe esperar que los lenguajes naturales respondan con la coherencia interna de los lenguajes formales. Lo primero nos parece más relevante en nuestro caso, dado que de ser requisito la existencia de un único valor para poder hablar de una ideología con sentido, se nos haría imposible identificar ni una sola de las ideologías políticas modernas. El liberalismo, por ejemplo, ha ligado, desde Locke, los ideales de libertad, propiedad y nación a un mismo nivel, como el socialismo, desde Marx, ha valorado el trabajo o el internacionalismo tanto como la igualdad. Como otras ideologías, el ecologismo descansa en un conjunto de valores centrales, no en uno sólo.

Tal combinación de valores refuerza la idea de que el ecologismo está en la izquierda. Ahora bien, ¿también es así para movimientos locales que suelen carecer de ideología? ¿Cómo se resuelve el problema del universalismo, cómo se pasa de los movimientos de interés nimbies (¡no en mi patio!) a los niabies (en el patio de nadie) y los nopes (no en este planeta)? La evidencia sociológica tiende a apuntar durante los últimos años a la idea de que la experiencia activista suele ir acompañada de una creciente desconfianza y desafección hacia los responsables políticos y su uso de la ciencia, lo que suele realimentar la oposición. La elaboración filosófica apunta a la idea de que en contextos de interacción democrática deliberativa las propias condiciones del discurso universalizable y con sentido requerido por los interlocutores desplaza el lenguaje local hacia una gramática global. La conexión entre democracia y universalismo no es por supuesto necesaria, pero hay motivos para pensar que generan una dinámica de expansión mutua antes que lo contrario. Dobson ya había señalado que la “política descentralizada es el equivalente ecológico del legislador de Rousseau: la fuente de transformación de la naturaleza humana”. De ser así, el marco de validez lo daría la praxis democrática y no una visión determinada de la naturaleza no humana; para el ecologista, como para otros activistas, la creación de una esfera pública es un bien en sí mismo; la praxis política su sustrato normativo al menos tanto como el naturalismo. Y esta era la segunda cuestión.

La concepción de la naturaleza que se impone en los discursos ecologistas globales durante los últimos años no es la de “madre tierra” o Gaia, es la de ecosistema. Discutir sobre si hay una crisis de la naturaleza, en términos como los de Jonas a que antes no referíamos, puede desviar la atención de lo que de hecho piden hoy los ecologistas, que no aspiran tanto a resolver lo insoluble —la distinción entre lo natural y lo cultural— como a reivindicar principios racionales de interacción con el entorno ambiental en tanto forma parte de ecosistemas gobernados por leyes geobiofísicas irreductibles a la mecánica del artefacto cartesiano. Desde este punto de vista, es difícil negar que haya una crisis ecológica. Es decir, las nociones de estabilidad o equilibrio tan utilizadas tienen que ver con la concepción dinámica que tiene la ecología no con una visión armónica romántica. El holismo no es en general organicismo ni misticismo, es sistemismo aplicado a las ciencias de la naturaleza, en especial de la vida y de la tierra. En los discursos del ecologismo global no se utiliza una imagen arcádica de la naturaleza, sino una biofísica susceptible de ser objeto de derecho de las comunidades que las habitan.

No obstante es cierto, como insiste en señalar Martínez Alier, que los conflictos ambientales son luchas por imponer lenguajes de valoración inconmensurables entre sí —el de lo sagrado, el dinero, la seguridad nacional, las amenazas ambientales, etc. Pero también lo es que discursivamente es el lenguaje de los derechos el que es apelado por el ecologismo global. El aprendizaje reflexivo entre actores tan heterogéneos implica una tendencia a converger en un lenguaje que pueda ser adoptado por todos ellos pero no menos ser atendido —al menos dialógicamente— por actores frente a los que se actúa, y la imagen idealizada de la naturaleza arcádica no lo hace posible.

Enfrentarse a una multinacional defendiendo el carácter sagrado del agua puede llevar a defensas del carácter sagrado del dinero, y así en espacios públicos globales es el lenguaje que cumple con los requisitos formales de mayor legitimidad y universalidad el que acaba siendo utilizado —lo que no evita su revisión permanente ni tensiones internas importantes. La mayor universalidad implica un compromiso sustancial para con la igualdad.
Basta hacer un repaso a los discursos ecologistas enarbolados en los principales foros globales los últimos años para deshacer algunas de las confusiones a veces destinadas a deslegitimar el proyecto de la sociedad sostenible. Veamos por ejemplo el texto Equidad en un mundo sostenible, defendido por las ONG’s alternativas durante la cumbre de Johannesburgo de 2002: “¿Qué significa justicia y equidad en espacio ambiental finito? Por un lado, la justicia y la equidad exigen aumentar los derechos de los pobres sobre su hábitat, mientras que, por otro lado, deben reducir las demandas de los ricos sobre los recursos del planeta. El interés de las comunidades locales en mantener sus medios de subsistencia suele chocar con los intereses de las clases urbanas y de las empresas para expandir el consumo y las ganancias. Estos conflictos por recursos no disminuirán a menos que los ricos del planeta adopten patrones de producción y de consumo que generen recursos. (...) “No existirá equidad sin ecología (...), no habrá ecología sin equidad”.

Hasta dónde estas ideas sean representativas del ecologismo global es una cuestión a dilucidar empíricamente, sin embargo no faltan ejemplos de simbiosis entre los valores de la igualdad y la sostenibilidad que copan los discursos verdes desde hace ya lustros. Término gestado en EE.UU. para denunciar la correlación entre riesgos y etnia e ingreso, la idea de justicia ambiental ha venido alimentado no sólo el espectro de los discursos políticos sino que ha dado pie a numerosos estudios y elaboraciones teóricas. Así, se han ido vinculando la distribución desigual de males ambientales (incluidos los riesgos) y el acceso de los recursos: la exclusión ambiental vinculada al ingreso; la calidad ambiental vinculada a la distribución del poder —a mayor desigualdad, menor compromiso con el futuro y menor capacidad de resolver problemas—; la sostenibilidad vinculada a desigualdad —las desigualdades de poder afectarán el tamaño del pastel de la contaminación, tanto como la forma en que es cortado”—; o el de las responsabilidades ambientales vinculadas a procesos históricos, como la llamada Deuda ecológica.

El trabajo es enorme también en la elaboración de nuevos indicadores de bienestar y de calidad de vida que den un respaldo científico a la denuncia ecologista de que hemos entrado en un juego social de suma negativa. Quizás el más exitoso de los trabajos de divulgación denunciando relaciones de poder ligadas a igualdad y sostenibilidad en el acceso de los recursos ambientales sea la idea de huella ecológica, y la denuncia de la relación directa entre carencias y excesos, entre pobreza y riqueza, en un planeta finito. Desde esta perspectiva, se da un déficit ecológico en ciertas zonas del planeta, cara oculta de la apropiación de capacidad de carga por la que el 25% de personas más ricas de la humanidad ocupa una huella tan grande como la superficie biológicamente productiva total del planeta.

Otro de los discursos de justicia ambiental, menos conocido, es incluso más impactante para el imaginario político. La relación entre modificación antropogénica del entorno y la desigualdad en el acceso a seguridad frente a los desastres naturales permite hablar de una distribución desigual de la resiliencia social, ampliándose la idea de relaciones de poder para hablar de desastres (naturales) construidos socialmente (y reivindicar el derecho a la seguridad climática, ambiental, de recursos, alimentaria, etc.).

En conclusión, no hay duda de que el ecologismo no está más allá de la historia social. Es decir, la fórmula por la cual los impactos ambientales son función del tipo de tecnología, los niveles de población y consumo, ha quedado esencialmente desfasada por la propia creatividad del ecologismo, que ha puesto al poder como variable independiente de la crisis ecológica, refutando además la tesis de Beck de que en la sociedad del riesgo la distribución de los males es democrática. La conexión funcional entre justicia social y sostenibilidad (con antecedentes lejanos en las teorías del intercambio desigual y de la dependencia) no sólo rompe con el esquema unitario en términos de valores del ecologismo como ideología sino que arroja luz sobre cuestiones como cuál sea el sujeto del poder y el posible universalismo de la ideología ecologista. En definitiva, la sostenibilidad no es un juego ganador-ganador sino que implica ganadores y perdedores. El poder en la sociedad industrial nos permite hablar de beneficiarios de la distribución desigual en un juego que ya no es de suma positiva: “clases consumistas”, empresas trasnacionales, clases medias urbanas, sectores acomodados de gran poder adquisitivo en países menos industrializados... “una minoría [que] quita recursos a una mayoría de la población” —en los términos de documento de Johannesburgo antes citado.

Esta capacidad de identificar nuevas relaciones de poder y de denunciarlas en términos modernos no naturalistas tiene que ver con la enorme creatividad de la cultura política surgida en los movimientos sociales por una globalización diferente. Sólo así se explica que Dobson, por ejemplo, se lamentara en 1991 de que “los verdes no han prestado atención al papel de la propaganda”, que no hubiesen dado alternativa al consumismo verde para mostrar la irresponsabilidad de ciertos patrones de conducta. La contrapropaganda (adbustering) y otras prácticas similares descritas por Naomi Klein en No Logo representan un cambio sustancial en ese campo, como el que se ha producido en el de acción política y el espacio idóneo para llevarla a cabo.

En definitiva, el incremento del activismo trasnacional lleva la elaboración discursiva a un nivel diferente, permite nuevas oportunidades de experiencia generacional y aprendizaje colectivo, permitiendo identificar una ideología ecologista global, que abarca también al ecologismo de los pobres.

De Joaquín Valdivielso, Universitat de les Illes Balears, publicado en Medio Ambiente y Comportamiento Humano (2005), pp. 183-204, 2005

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