sábado, 12 de noviembre de 2011

La Revolución Ecológica (Parte II: Equilibrio e integración)



El planteamiento de Al Gore es fascinante, como lo es el de muchos místicos, y él lo es desde un punto de vista ecologista. Por lo mismo, parece inevitable que en algunos momentos caiga en la tentación de absolutizar algunas premisas. Por lo menos dos conceptos muy caros a Al Gore se encuentran para él fuera de toda discusión. Uno es el de equilibrio; el otro es el de la reintegración.



     La idea de que es necesario restablecer un equilibrio al interior de los llamados ecosistemas es uno de los puntos centrales del ideario ecologista, entendiendo por ecologismo aquella tendencia política que hace de la ecología una matriz fundamen­tal. De acuerdo con ese tipo de ecologismo, existe un equilibrio objetivo que es necesario restaurar. Pero hay que convenir que la noción de equilibrio es bastante subjetiva (Mires, 1990, p, 36). Lo que parece a veces básico como condición de equilibrio, no lo es necesariamente para todos los elementos que conforman esa supuesta condición. Nuestro concepto de equilibrio natural no es el mismo que el que imaginarían las ratas, sí es que tuvieran imaginación. Si nuestros hogares se llenaran de ratas (horrorosa visión), es porque las ratas han encontrado en ellos condiciones de equilibrio que les permiten reproducirse. De la misma manera, la idea de que existen ecosistemas que se rigen por un orden natural absoluto, y que es necesario preservar desde un punto de vista ecológico, debe ser rechazada. No existe un ecosistema ideal, absoluto u objetivo. Un ecosistema es lo que nosotros queremos que sea un ecosistema. Pues un sistema es, antes que nada, una invención humana. Antes de que los seres humanos hubieran inventado la noción de sistema, no existían los sistemas. Por lo tanto, un ecosistema (en cuyo interior existan condiciones equilibradas) es no sólo un concepto subjetivo sino, además, antropocéntrico. Eso por lo demás no tiene ninguna connotación negativa. Pero sí señala que aquello que está en juego no es la idea de restaurar un sistema de equilibrios objetivos, sino el problema mucho más complejo, y por cierto, más político, relativo a cuáles son las condiciones de equilibrio que deseamos o necesitamos. Si un fanático automovilista, para quien el auto es lo más impórtame de su vida, tiene argumentos suficientes para demostrarnos que el auto es objetiva­mente aún más importante que las vidas humanas que se perderán como consecuencia de las emisiones de CO2, habrá obtenido un notable triunfo político. Pero como hay algunos, desgraciadamente no suficientes, que pensamos que es necesario salvar vidas humanas limitando las emisiones de CO2, tendremos que argumentar a favor de "nuestro" ecosistema, para lograr "nuestro" triunfo político. Pues una región desertificada es también un ecosistema, y por lo demás muy equilibrado (ya que sus elementos interactivos son menores que en un ecosistema boscoso). Si alguien quiere vivir en un ecosistema desértico, o rodeado de ratas y cucarachas, enfermo de cáncer en la piel, bebiendo agua envenenada, y conservar su automóvil, es su opción. Los ecosistemas y los equilibrios que predominen no resultarán de la restauración de un equilibrio natural, sino de una elección que a su vez resultará de colisiones argumentativas y, no siempre por último, de decisiones políticas.

     El segundo motivo central de Al Gore, es el de una supuesta reintegración del ser humano en el orden de la naturaleza. Por lo demás, una idea muy antigua. El concepto de reintegración natural tiene incluso un origen religioso. En algún momento el ser humano cometió un pecado imperdonable, y fue expulsado del Paraíso. Desde entonces vaga errando, en busca del paraíso perdido. En algún momento, dice a su vez Al Gore, utilizando el lenguaje mesiánico, tan propio de la política norteamericana, el ser humano se separó de la naturaleza, y hoy ha llegado el momento de reintegrarse a ella, salvando la naturaleza y, por tanto, a nosotros mismos de la catástrofe final (1994, p, 217). Muchas revoluciones, no hay que olvidar, se hicieron en nombre de la integración del ser humano en un orden natural supuestamente violado por los opresores. El derecho natural que aún mantiene cierta vigencia en algunas constituciones, parte precisamente de la premisa de que hay un orden natural previo con el cual es necesario vivir en consonancia. El romanticismo europeo, a su vez, frente a las relaciones de producción industrial que amenazaba a tantos habitantes del mundo feudal, levantó también como lema el regreso a la naturaleza. La "utopía del regreso" es el punto central de la filosofía de Fichte que tuvo mucha influencia en el pensamiento del joven Marx. La teoría marxista de la enajenación supone, a su vez, que como consecuencia del predominio de las relaciones de producción capitalista, el ser humano, como productor de sus condiciones de vida, ya no se pertenece a sí mismo. Está enajenado; ¿respecto de qué?, es la pregunta. Respecto de sí mismo, es la respuesta; esto es, con respecto a su propia naturaleza, la que se encuentra en contradicción con el orden social. Subvertir al orden social es la condición de regreso al orden natural. No es casualidad que Marx hubiera visto en el comunismo la posibilidad de la recuperación del ser humano como ser social y natural al mismo tiempo ya que "...la sociedad es la unidad completa del ser humano con la naturaleza, la verdadera resurrección de la naturaleza, el naturalismo consumado del ser humano, y el humanismo consumado de la naturaleza" (Marx, MEW, El, p. 516). La idea del regreso o de reintegración al orden natural fue defendida posteriormente por movimientos ecologistas europeos (Bahro, 1987, p. 268). Hoy, el vicepresiden­te de Estados Unidos retoma esa idea, y no con menos fuerza que anteriores naturalismos.

     Supongamos por un momento que exista un orden natural. ¿Quién sabe cómo es? Es necesario recordar, en este punto, que en nombre de un orden natural objetivo, el catolicismo medieval, y hoy en día algunas fracciones islámicas, decretaron como pecados o delitos contranatura las energías más vitales del ser humano. No olvidemos que en nombre de una supuesta naturaleza humana, los hombres mantuvimos durante siglos a las mujeres encerradas en las cocinas, alejadas de las profesiones y de la política. En nombre de la naturaleza se han cometido crímenes horribles. Hay que evitar, por lo tanto, que profetas y políticos, aunque sean personas tan democráticas como Al Gore, se arroguen el derecho de hablar en nombre de un orden natural.

     Es evidente, por cierto, que el ser humano mantiene muchas relaciones equívocas con su ambiente externo, y que el principio de destructividad es todavía dominante en nuestra cultura. Pero ese ser humano destructivo sigue siendo parte de la naturaleza, esto es, actúa no desde su exterior, sino desde su propio interior, como un ser que es también natural. Y si actúa desde dentro, es obvio, no puede haber reintegración posible. Lo que sí es posible, es establecer una relación distinta con lo llamado "natural" (interno y externo). De lo que se trata, en buenas cuentas, es de superar la noción de que existe una disociación con la naturaleza. No se trata pues de lograr una reintegración objetiva sino, al contrario, de desalojar del alma la idea de que estamos "afuera". La sola creencia de que existe el "afuera" y el "adentro", o lleva a suponer que somos algo "superior" a la naturaleza (y por lo tanto es nuestro derecho reducirla a la condición de "recurso") o que somos algo así como parásitos, cuyo objetivo es destruirla (por eso hasta el SIDA ha sido perversamente interpretado como un medio del que se sirve la naturaleza para defenderse de la especie humana).


Por Fernando Mires. Extraído de la Revolución Que Nadie Soñó, o la otra posmodernidad.

No hay comentarios: