lunes, 23 de enero de 2012

DESARROLLO, DECRECIMIENTO Y ECONOMÍA VERDE


La protesta ante el crecimiento económico y del productivismo es un fundamento de la ecología política. No es posible un crecimiento económico en un planeta finito donde los recursos son por definición limitados. Según los ecologistas, nuestros modos de vida son perjudiciales tanto para los recursos naturales y ecosistemas como para la cohesión social y los individuos. Por lo tanto, hace falta reflexionar sobre un nuevo modelo de desarrollo basado en una verdadera sostenibilidad y la justicia global.

SALIR DEL DOGMA DEL CRECIMIENTO Y DEL PRODUCTIVISMO 
El sistema socio-económico actual, apoyándose en las ideologías dominantes dentro de las izquierdas y de las derechas, sigue esperando con paciencia el regreso del crecimiento económico que permitirá, según las diferentes teorías, conseguir el pleno empleo y el bienestar social. Sin embargo, este planteamiento no toma en cuenta el carácter finito de la Tierra que le impide soportar un desarrollo económico que supere la capacidad de carga de los ecosistemas.

Además, a pesar de vivir en un mundo tecnológicamente cada vez más eficiente, asistimos a un aumento de la presión sobre los ecosistemas y del consumo energético. Esto debilita la teoría productivista, que afirma que la cantidad de recursos naturales requerida por unidad de producto disminuye con el progreso técnico. El aumento general de la brecha entre pobres y ricos contradice también la dudosa teoría según la cual el crecimiento económico es capaz de reducir las desigualdades y de reforzar la cohesión social. Estos errores teóricos se materializan en el cálculo actual de la “riqueza de la nación” a través del PIB, herramienta parcial que sólo suma las riquezas llamadas productivas y no el conjunto de las riquezas sociales y ecológicas.

El desarrollo reciente de conceptos como la huella ecológica o la deuda ecológica pone en evidencia que los modelos socio-económicos vigentes no son viables a largo plazo. Además de ser insostenibles, tampoco son justos, ya que actualmente un 20% de la población mundial (de los países del Norte) consume el 80% de los recursos planetarios. La reflexión ecológica no se puede desvincular por lo tanto de una reflexión social sobre el reparto justo de los recursos naturales. En otras palabras, la justicia global tiene relación directa con el espacio ecológico ocupado tanto por los países mal-llamados “desarrollados” como por las elites de los países del Sur.

Esta situación viene provocada por varios siglos de un sistema capitalista y productivista basado en la acumulación y la explotación de los ecosistemas. Sin embargo, no tenemos que olvidar que, más allá del capitalismo, es la ideología productivista dominante la que está arruinando el planeta. El conjunto de los productivismos mantienen una fe ciega en el progreso tecnológico y en la dominación del ser humano sobre la Naturaleza. En este sentido, la construcción de un nuevo modelo de desarrollo supera la cuestión de la propiedad de los medios de producción y del reparto de las riquezas producidas. Más allá de la lucha entre capital y trabajo, es crucial la cuestión del sentido, la calidad y la finalidad de la producción.

HACIA UN DECRECIMIENTO SELECTIVO Y JUSTO
El concepto de “desarrollo sostenible” elaborado en el Informe Bruntdland y popularizado en la Cumbre de la Tierra de Río de Janeiro en 1992 es una definición consensuada que proviene de una correlación de fuerzas entre fuerzas productivistas y ecologistas. A pesar de representar una inflexión positiva en la reflexión sobre la finitud del planeta, este concepto se sigue basando en el dogma del crecimiento y no fija ninguna prioridad entre lo económico, lo social y lo medioambiental. Dicho de otra manera: confunde fines y medios y ha resultado ser presa fácil para las fuerzas políticas y mercantiles dominantes. Por lo tanto, parece imprescindible que el concepto de “desarrollo sostenible” pase a una segunda fase de su existencia.

Por ello, es posible apoyarse en un principio básico de la “bioeconomía”: un subsistema no puede regular a un sistema que le engloba. Dicho de otra manera, la regulación del conjunto, del sistema vivo, no se puede realizar a partir de un nivel de organización inferior como es la economía, que actúa con sus propias finalidades. La economía es parte íntegra de la sociedad, ella misma parte de la biosfera. Por lo tanto, el mercado –que no es más que una parte de la economía– no puede imponer su modo de funcionamiento al resto de los niveles. Sólo una organización controlada por finalidades globales tiene legitimidad en un sistema ecologista.

Así, el desarrollo humano y sostenible, fenómeno cualitativo y cuantitativo, sólo se puede conseguir si se respetan los mecanismos reguladores de las esferas humanas y naturales en las cuales se encuentra. El objetivo es una mejora en la calidad de vida de las poblaciones humanas y la sostenibilidad de los ecosistemas que permite la regeneración de nuestro medio ambiente. Si queremos dejar en herencia a las generaciones futuras un mundo viable, cualquier actividad humana se tiene que situar en los límites de las capacidades de regeneración de los ciclos naturales, es decir respetando la capacidad de carga de los ecosistemas.

Para lograr esta meta, es decir un desarrollo tanto humano como sostenible, se plantea la idea de un decrecimiento selectivo y justo. Sin dogmatismos, se trata de alentar a través de vías únicamente democráticas el decrecimiento donde resulta necesario y el crecimiento donde es posible y deseable. El término “decrecimiento”, por su impacto y su significado semántico, resulta mucho más difícil de fagocitar como ocurrió con el término “desarrollo sostenible” y, como lo recuerda Serge Latouche –principal teórico del decrecimiento en Francia–, “tiene como objeto primordial marcar fuertemente el abandono del insensato objetivo del crecimiento por el crecimiento”

Sin duda, queda todavía por realizar un estudio más profundo de los aspectos teóricos y prácticos del “decrecimiento”, principalmente en relación con el desarrollo de los países del Sur. Además recordamos que por “decrecimiento” no hay que entender un crecimiento negativo de la economía instituido como un fin en sí mismo, ni tampoco una búsqueda del decrecimiento por el decrecimiento, metas tan absurdas como el dogma del crecimiento. Por “decrecimiento” entenderemos más bien un cambio radical de modelo socio-económico tanto en las estructuras como en las mentalidades que permite concebir las finalidades y las riquezas humanas de otro modo. Un cambio imprescindible hacia la sostenibilidad ecológica y la justicia social, porque la verdadera utopía es pretender que podremos seguir desarrollándonos así mucho tiempo.

Por Florent Marcellesi (@fmarcellesi)

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