viernes, 27 de enero de 2012

Economía y Ecología: hacia una socioeconomía solidaria (Parte II: Socioeconomía y Economía Solidaria)


En ese sentido, la Economía de la Solidaridad muestra una aproximación notable a los esfuerzos emprendidos por los socioeconomistas. La Economía de la Solidaridad, a diferencia de la socioeconomía que nace en los países centrales, es una producción teórica que surge en América Latina, a principio de los ochenta, persiguiendo al menos dos objetivos: en primer lugar, rescatar las formas alternativas de hacer economía (de producir, distribuir, consumir y acumular); y en segundo lugar, reelaborar la teoría económica construyendo el herramental necesario para comprender estas economías alternativas que funcionan con parámetros, valores y principios diferentes a los típicamente "privados-capitalistas" y "estatal-regulado".


      Siguiendo a Polanyi, los economistas solidarios, rescatan en los "mercados determinados”, diferentes racionalidades que se expresan en múltiples Relaciones Económicas y múltiples Factores de Producción. Entre las relaciones económicas, podemos distinguir las integrantes del sector de intercambios, esto es, básicamente las relaciones de intercambio, hoy hegemónicas y que habrían adquirido especial relevancia a partir de la Revolución Industrial. En segundo lugar, el sector regulado (estatal) pone en funcionamiento relaciones de Tributación y Asignación Jerárquica. El sector solidario, o tercer sector, por su lado, se manejaría sobre la base de relaciones económicas más integradoras como las de donaciones, reciprocidad, redistribución y comensalidad. Las relaciones de donación, de fundamental importancia para comprender los comportamientos socioeconómicos, han sido increíblemente dejadas de lado por las ciencias económicas hasta que Kenneth Boulding, sobre fines de los sesenta fundara junto a otros investigadores la Association for the estudy of the grants economy, y publicara su The economy of love and fear - A preface to grants economy. Las donaciones, las relaciones de gratuidad, el trabajo voluntario, etc., son expresiones en tal sentido, que aportan su cuota de integración y solidaridad a los mercados determinados. Muchos de los trabajos sobre el "Tercer Sector", sobre todo los de origen norteamericano, han hecho hincapié en este "nuevo" fenómeno que implica la puesta en movimiento de miles de millones de dólares en todo el mundo, además de la energía y trabajo voluntario de tantos cientos de miles que dedican una parte de su tiempo a causas no atendidas por las meras relaciones de intercambios. Las relaciones de reciprocidad, por su lado, también desconocidas por la ciencia económica neoclásica, han sido fundamentalmente desarrolladas teóricamente por la antropología económica (Marcel Mauss, Malinovski, Polanyi), e investigadas por numerosos autores en América Latina, que han comprobado cómo la sobrevivencia de numerosos grupos populares es posible en virtud de la puesta en práctica de este tipo de relaciones. Las relaciones de redistribución, por su lado, han sido principalmente desarrolladas por Polanyi y su grupo de investigadores de la Universidad de Columbia. Las relaciones de comensalidad, por último, operan con la lógica de las anteriores, pero referida a grupos pequeños o comunidades, y su autonomización teórica responde a los estudios del chileno Luis Razeto.

      Finalmente, la Economía Solidaria, no sólo analiza las diferentes relaciones de distribución, sino también los diferentes comportamientos económicos visibles en las etapas de la producción, consumo y acumulación, todo lo cuál conforma una matriz teórica donde ubicamos tres grandes sectores de la economía: sector de intercambios, sector regulado y sector solidario.

      La elaboración que surge al interior de la Economía de la Solidaridad en América Latina, unido a las diferentes teorizaciones que surgieron en los países centrales (fundamentalmente EUA y Europa) en el marco de la socioeconomía, nos faculta a analizar desde una perspectiva socioeconómica solidaria, diferentes fenómenos sociales entre los cuáles, el que nos interesa en esta ocasión: los problemas ecológicos.

La Ecología desde una perspectiva socioeconómica solidaria
      En el marco de la socioeconomía solidaria los temas ecológicos se han vuelto especialmente importantes al menos por dos razones que repasaremos a continuación. Una de ellas, tiene que ver con la conceptualización de la sociedad como sujeto diacrónico. Un segundo aspecto central en el debate socioeconómico-solidario vinculado al tema medioambiental, es la puesta en tela de juicio del concepto de desarrollo económico, tanto desde el punto de vista teórico como desde el punto de vista de sus prácticas más habituales. Veamos estos asuntos.

      La sociedad, según la entendemos nosotros, no solo actúa en el presente, y recoge una tradición del pasado (hasta aquí nada novedoso en la sociología clásica), sino que además trasciende hacia el futuro, de manera que el tiempo que vendrá, también forma parte de nuestras reflexiones, actuando en el presente por medio de todas las acciones de efecto diferido a largo plazo.

      Las generaciones contemporáneas han sido testigos de la importancia de la diacronía social, justamente por el impacto que están causando los efectos del pasado más cercano sobre nuestro presente; y los efectos de nuestro presente sobre el futuro próximo, en materia ambiental. El ambiente natural, de esta manera, estaría ubicándose como una especie de blanco inevitable por parte de la sociedad contemporánea y de su cultura de la modernidad que impregna lo económico, lo que hace inevitable la reflexión sobre los alcances que tendrá para las generaciones futuras, las hipotecas del presente, pero además, las responsabilidades que tenemos en el presente con respecto a las generaciones de futuro.

      Y esto último, por cierto, nos sitúa en las antípodas de la cultura individualista, tan en boga en determinados círculos neoliberales, que popularizan frases del tipo "sólo tenemos que rendir cuentas a nosotros mismos de lo que nos suceda en la vida". Algunos popes del management, como Drucker, o de la economía liberal, como Friedman, van más lejos al señalar que los negocios son los negocios, y por lo tanto no tienen obligaciones sociales.

      Nosotros, por el contrario, somos de la idea que los individuos forman parte de una sociedad, de donde se desprenden no solo derechos, sino también obligaciones, que en una perspectiva plural en los tiempos, debe incluir también a las generaciones futuras. Etzioni habla en ese sentido, de la virtud de la responsabilidad respecto a la tierra, o sea, el compromiso con el medio ambiente como bien común, de cuño netamente comunitario, contra ciertos argumentos ecologistas principalmente utilitarios, instrumentalistas y centrados en las consecuencias.

      El otro tema central se vincula a la noción de desarrollo entendido como crecimiento económico. Esta idea, muy propia del modernismo, que recoge antecedentes directos en las posturas de la incipiente economía, pero que además sigue siendo muy visible en los discursos concretos de buena parte de los actores del sistema político de nuestros días, ha provocado en los hechos durante las últimas décadas, importantes desajustes y catástrofes ambientales. Algunas indicios de esto pueden ser mejor entendidos al analizar el impacto de ciertos agentes químicos en nuestras economías.

      El Dióxido de carbono, por ejemplo, es producido especialmente por la quema de combustibles fósiles, aunque actúan además la agricultura y la deforestación. Además de problemas de smog, la enorme cantidad de carbono lanzada a la atmósfera, altera los ciclos de otros nutrientes. Para hacerse una idea de su incremento en la concentración atmosférica, vale citar que hacia principios de la Revolución Industrial, la concentración de CO2 en la atmósfera era de unas 290 ppm. En 1958, la concentración pasó a ser de 315 ppm; y en 1980, de 335 ppm. El efecto más claro de este proceso, es el recalentamiento de la tierra, ya que su concentración en la atmósfera impide que una parte importante de la radiación solar salga reflejada hacia el espacio exterior. De esta manera se produce lo que los ecólogos han llamada efecto invernadero, esto es, una elevación de las temperaturas del planeta (se calcula que la temperatura podría subir entre 3 y 7 grados Celsius para el año 2030) que ocasionará una subida de los mares y un cambio en los patrones de producción agrícola. Hay quienes sostienen, desde una postura apocalíptica, que este fenómeno podría conducir a uno de esos grandes hitos climáticos de la historia de la vida en el planeta, que por ejemplo, en el paleolítico, habría eliminado a los dinosaurios de la faz de la tierra. Finalmente, señalemos que la concentración de monóxido de carbono (CO) en las grandes urbes, producto del tráfico automovilístico, por ejemplo, añaden "nuevas enfermedades" a las que deben enfrentarse los ciudadanos de un mundo que sigue creciendo a ritmos alocados.

      Por otro lado, tenemos que el propio modelo de desarrollo está produciendo en cantidades alarmantes, gases como el anhídrido sulfuroso, el monóxido de carbono, el óxido de nitrógeno, el plomo, etc., que en su conjunto ya sea por la combustión de combustibles fósiles en la industria como por los automóviles, ayudan a la contaminación ambiental. Los óxidos de nitrógeno (N2O y NO2) y de azufre (SO2), a diferencia de los nitratos y sulfatos, son tóxicos en grados variables. La combustión de combustibles fósiles ha incrementado notablemente las concentraciones de esos óxidos en el aire. Para el caso del SO2, una de sus principales causales es la quema del carbón. Mientras tanto, los escapes de los automóviles que cada día circulan en mayor número en el planeta, unida a otras combustiones industriales, son fuente del NO2. El dióxido de azufre daña la fotosíntesis, y además, en combinación con el vapor de agua, produce ácido sulfúrico diluído (H2SO4), más comúnmente conocido como "lluvia ácida", un fenómeno tan actual como actuante en muchas regiones industriales, que causa estragos, fundamentalmente sobre los arroyos o lagos de aguas blandas y sobre los suelos ácidos, que carecen de amortiguadores del PH. Por su lado, los óxidos de nitrógeno irritan las membranas respiratorias de los animales superiores, incluido el ser humano. En contacto con otros agentes, se generan sinergismos que elevan los peligros. Es el caso del NO2 en combinación con los rayos ultravioletas del sol, y los hidrocarburos no quemados (resultado de la proliferación de automóviles), dando origen a un smog fotoquímico que además de lagrimeo (fenómeno visible en ciudades como Santiago o México) puede provocar enfermedades mayores.

      Por otro lado, algunos gases (cloroflurocarbonados y otros), producidos en gran escala desde los años veinte por la industria, sobre todo de los EUA, han provocado la destrucción de las moléculas de ozono, produciendo la disminución en el espesor de la capa de ozono. Resultado: aumento de la radiación de rayos ultravioletas, lo que provoca la destrucción de parte de la biodiversidad, a la vez que afecta la fotosíntesis de las plantas, ayudando por esta otra vía a aumentar la concentración de dióxido de carbono. Para el hombre, las consecuencias directas ya son plenamente visibles: aumento de casos de cáncer a la piel; prohibición en tomar baños solares a las horas pico, etc. La industria del turismo en países como Uruguay podrían resentirse fuertemente por este fenómeno, aunque ésta sea una consecuencia marginal con relación a otras.

      La disminución de la biodiversidad es otro de los problemas más actuales. Hoy son millares las especies catalogadas en peligro de extinción, lo que se une a las aproximadamente 400 que se habrían extinguido desde la revolución industrial. Este problema se une al hecho que la mayoría de las especies biológicas sin descubrir, residen en los bosques tropicales, los que sabemos han disminuido aproximadamente en un 50% en los últimos treinta años. El lector ya habrá notado que por la vía de la extinción de bosques, el monóxido de carbono sigue concentrándose en la atmósfera. Los desiertos, mientras tanto, aumentan considerablemente, ganando aproximadamente 8 millones de hectáreas por año. Unido a ello, sabemos que anualmente se pierden 11 millones de hectáreas de bosques. En Uruguay, por su lado, también hay evidencia de pérdida de biodiversidad fruto de la acción humana, y de su mano, se constatan posibles consecuencias en nuestra economía basada en el sector agropecuario, y con gran peso en el turismo, áreas especialmente críticas en la materia.

      En cuánto al agua, elemento indispensable para la vida humana, se constata que su suministro al medio urbano es cada vez más complicado. Por otra parte, casi el 25% de la agricultura de riego ha sido afectada por la salinización, contaminación o sobreexplotación de los acuíferos. A la par de ello, es notorio que están en aumento el número de lagos y ríos considerados biológicamente muertos.

      Los métodos actuales utilizados para deshacerse de los residuos tóxicos, suponen riesgos muy importantes. Incluso, en el caso de los desechos nucleares, esa peligrosidad durará siglos. No en vano, los países ricos envían muchos de estos residuos a los países pobres, lo que se entiende como un acto más, entre tantos que ocurren dentro de una lógica puramente mercantil.

      Podríamos seguir citando indicadores de deterioro ambiental, pero con los expuestos creo que tenemos suficientes. Los mismos han sido revelados desde hace algunos años por numerosos grupos ecologistas, además de la labor de la comunidad científica que cooperó para entender con mayor exactitud lo que estaba ocurriendo con el planeta. El Estado no tardó en intervenir, y por medio de políticas más o menos convencionales en la materia (incentivar el uso de tecnologías no contaminantes, o aumentar los impuestos a quiénes sí las utilizan, etc.), entró a la escena para paliar algunos problemas.

      Sin embargo, la labor de los grupos ecologistas, de los Estados, de las reuniones internacionales, e incluso de la comunidad científica, creemos poco pueden hacer, ya que partimos de la base que el problema es grave, y las soluciones debieran ser muy radicales. Por eso, la labor de estos actores no alcanza: la propia particularidad de los problemas ecológicos trasciende los ámbitos de la acción nacional. ¿Esto significa que tengamos una opinión pesimista sobre el futuro de nuestro planeta?. Intentaremos construir la mejor respuesta posible con una teoría que relaciona la ecología con la forma de hacer economía de nuestra especie, fundamentalmente luego de la Revolución Industrial.

Por Pablo Guerra

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