domingo, 25 de septiembre de 2011

La Ecología Política como herramienta de transformación social

El presente artículo tiene por objeto articular nuestras ideas en torno a una propuesta de acción desde la Ecología Política. Consideramos el medio ambiente como factor determinante en las luchas y conflictos sociales actuales y futuros, en palabras de Naredo (2006) reconocemos las raíces económicas del deterioro ecológico y es por ello que, entendemos que la ecología política ha de erigirse como eje vertebrador.

     Es necesario plantear una nueva dicotomía, no podemos pensar ya sólo en términos izquierda-derecha, sino estructurar el pensamiento en torno al eje productivismo/antiproductivismo. Los análisis estructurales sociales actuales ignoran el escenario que sostiene nuestra sociedad industrial, y es que “las sociedades industrializadas disfrutarán de las comodidades del bienestar industrial sólo en la medida en que el mundo todavía sin industrializar siga estando desindustrializado” (Alvater 1994:22)

     Necesitamos un planteamiento político verde, la magnitud de la crisis ecológica y la oposición entre capital y trabajo ya no es determinante, lo crucial es la cuestión de la orientación de la producción, Marcellesi (2008) postula que el eje productivista/antiproductivista se convierta en un eje estructurante y autónomo.

     Secundamos a Dobson (1997) en su planteamiento sobre “la ecología política como ideología” ya que cumple (no así el medioambientalismo) tres características básicas: En primer lugar dispone de un “mapa”, una descripción analítica de la sociedad. En segundo lugar, prescribe una forma particular de sociedad, empleando creencias acerca de la condición humana que sostienen y reproducen opiniones acerca de la naturaleza de la sociedad prescrita. En tercer lugar, dispone de un programa de acción político, concretándose éste en el Reformismo Radical: “acciones reformistas a corto plazo y objetivos radicales a largo plazo” (Marcellesi 2008:6)

     La Ecología Política no es cuestión de estética, introduce “el concepto de supervivencia humana, la ecología política desarrolla un análisis crítico del funcionamiento y de los valores de nuestras sociedades industriales y de la cultura occidental” (Marcellesi 2008: 2).

      “Cada forma de organizar la territorialidad y la identidad cultural conllevan la promoción de un modo de uso de los recursos naturales y, por tanto, un determinado impacto sobre el medio ambiente” (Garrido y González de Molina 1997:127). Es necesario hacer una lectura ecológica del poder político “entender el poder político como la potestad de definir y administrar cuáles son los recursos productivos disponibles y cuidar que la producción pueda realizarse sin ningún tipo de obstáculos sociales o ambientales”( Garrido y González de Molina 1997:133).
Reconocemos la existencia de límites físicos siendo esta convicción el epicentro de nuestro planteamiento y lo que ha de estructurar nuestra acción. Asentimos igualmente el planteamiento ecologista político: el consumo de bienes materiales se debe reducir y las necesidades humanas no se satisfacen mejor con un crecimiento económico continuo. Como hay límites para el crecimiento también los hay para el consumo.

     El consumo continuo e in crescendo es imposible dados los límites físicos. El reciclaje o el uso de energías renovables no solucionaran el problema, pues el problema se encuentra en el modelo de producción. El reciclado también consume energía, y es una actividad productiva más, el reciclado es necesario pero no resolverá las cuestiones de fondo. (Dobson 1997)

     Hemos de solucionar por ello nuestra confusión en relación a nuestras necesidades y satisfactores. Max-Neef (1994) entiende que necesidades y satisfactores tienden a confundirse y que son estos últimos los culturalmente determinados. Nuestros satisfactores son modificables por otros que se encuentren en armonía con el medio en el cual hemos de desarrollar nuestra existencia. Necesitamos construir satisfactores adecuados, introducir el sentido del límite, y en definitiva, reflexionar sobre las cosas que de verdad necesitamos o que realmente nos hacen felices. Un simple ejemplo: el automóvil es un satisfactor, no una necesidad; el acceso a un determinado lugar es la necesidad.

     Pero si algo es cierto, es que los planteamientos catastrofistas no persuaden porque los agentes sólo responden a catástrofes inmediatas, no se puede respetar lo que no se ve “quienes viven en medio de hormigón, plástico y ordenadores, pueden olvidar fácilmente el modo fundamental en que nuestro bienestar está vinculado a la tierra” (Myers 1985 referenciado en Dobson 1997:38)
Es por ello que hemos de preparar nuestra acción desde una vertiente positiva, y desde instancias cercanas a los ciudadanos; los pueblos, ciudades y barrios donde discurre nuestra cotidianeidad, son los espacios clave para el cambio y acción. Nuestra estrategia de acción podemos articularla en base a la sostenibilidad urbana, en nuestro caso en la ciudad de Sevilla.

     Pero la sostenibilidad urbana no debe entenderse como un estudio parcelario cuyo único objetivo es el de mantener unos niveles adecuados de salubridad dentro de su ámbito. Alejando así de las aglomeraciones urbanas todas aquellas actividades económicas que producen contaminación. Si no que además del estudio de los niveles medioambientales que existen dentro de su espacio también deben tenerse en cuenta todas aquellas relaciones que la ciudad mantiene con el resto del territorio (Naredo y Frías, 2003)

     Este cambio en el ámbito de estudio empezó a producirse a nivel político con la publicación del Libro blanco del medio ambiente urbano de la Unión Europea [UE]. Esta forma de estudiar la sostenibilidad del medio urbano teniendo en cuenta las relaciones con su entorno, tiene su base en la consideración que hace la Economía Ecológica del sistema económico como un subsistema abierto que interactúa con otro sistema superior, la Biosfera.

     Howard T. Odum considera que “el estudio de la naturaleza y el hombre es, pues, el estudio de unos sistemas” el cual “debe hacerse atendiendo a los límites impuestos por la energía limitada” (1980:13). A esta consideración cabría añadir tanto los límites que impone el carácter finito que tiene la disponibilidad de materiales, como los residuos que genera la actividad humana.

     En el siglo XX la ciudad experimentó el mayor crecimiento que ha sufrido a lo largo de su historia. Este fue motivado por dos factores principales: el crecimiento demográfico y el éxodo rural. Esto ha provocado la concentración de una gran cantidad de personas en pequeños territorios que necesitan de otros territorios para que les provean de todos los recursos necesarios para la subsistencia. Estas áreas apropiadas cada vez ocupan más hectáreas, por lo que se tiende a la destrucción del patrimonio natural para seguir incrementándolas. Sin embargo, su disponibilidad es finita. Se estima que un habitante de un país desarrollado, y por tanto altamente urbanizado, necesita 4,5 hectáreas de territorio para poder cubrir todas sus necesidades (Naredo y Frías, 2003) y esto además está en aumento, por lo que es altamente necesario cambiar este patrón. El territorio es un factor limitado y el proceso de consumo y acumulación de las sociedades occidentales lleva a una enorme generación de residuos, que necesitan a su vez más territorios para poder ser tratados o desechados. Como consecuencia la disponibilidad de territorios susceptibles de apropiación por parte del ser humano está disminuyendo.

     Además de esta expansión sin precedentes de las grandes ciudades como focos atrayentes de población, Naredo y Frías (2003) distinguen otros dos factores que determinan el carácter insostenible del modelo de ciudad generado en el siglo XX:

1.     La implantación de un nuevo modelo de urbanismo, el denominado modelo de conurbación, que tiende a separar las distintas funciones de la ciudad obligando entonces a la realización de largos trayectos para la realización de las diferentes actividades que esta provee. Esto genera graves problemas en el entorno urbano por el abuso de los transportes que en su gran mayoría funciona con la combustión de energías fósiles.
2.     El cada vez más “universal” modelo de construcción que prescinde de la utilización de materiales propios del entorno de las ciudades, obligando a su exportación desde territorios alejados y que aglutina cada vez más a un mayor número de personas en espacios reducidos.

     Nuestro plan de acción para la ciudad es integrar flujos metabólicos y hacer que la ciudad disminuya su dependencia en cuanto a insumos y sumideros externos. Esto es, pasar de un metabolismo de ciclo lineal a un metabolismo de ciclo circular.


Escrito por Sergio Martin y Elena Gongar.
Artículo publicado en el blog de la Asociación de Economía Ecológica en España

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